Uno de los cambios más relevantes en el sistema financiero es el paso de una gestión reactiva a una gestión prospectiva del riesgo. Ya no basta con monitorear indicadores históricos o reaccionar ante desviaciones. Las organizaciones deben anticipar escenarios futuros y determinar si cuentan con la capacidad financiera, operativa y de gobierno para asumir determinados niveles de exposición.
El marco impulsado por la Superintendencia de Bancos va en ese sentido: exige una Declaración de Apetito de Riesgo robusta, alineada con la estrategia, la capacidad de riesgo y los objetivos de la entidad. El Consejo de Administración y la alta gerencia deben definir de forma explícita qué riesgos están dispuestos a asumir, cuáles evitar y cuáles requieren control y seguimiento especiales.
La experiencia internacional muestra que las organizaciones más resilientes deciden su crecimiento considerando, al mismo tiempo, la rentabilidad esperada y el riesgo asociado. Esto pesa aún más frente al riesgo tecnológico, la ciberseguridad, la transformación digital y los cambios en el comportamiento de los clientes. Así, el apetito de riesgo deja de ser un requisito regulatorio y se convierte en una herramienta de dirección que alinea a toda la organización bajo una visión común.